Europa ha decidido salvar el mundo, y eso es loable. Pero hay una diferencia abismal entre liderar una revolución verde y firmar un acta de defunción industrial por pura negligencia administrativa. Como sociedad, nos enfrentamos a una paradoja perversa: tenemos las mejores intenciones, pero una gestión tan errática que estamos logrando lo imposible: desindustrializarnos en nombre del progreso.